El Fútbol en las ciudades a la sombra. La gesta de Chapecoense.

Cada observador mira a los equipos de fútbol desde donde se sitúa: quizás el ingeniero comercial lo piensa como un negocio, el kinesiólogo como una fuente laboral, el niño del barrio como la esperanza para surgir, el publicista como un objeto. Personalmente, antes de cualquier cosa soy de provincia y del club de mi ciudad, así que cuando veo un equipo de fútbol veo lo que para mí es importante, lo que creo que constituye tanto a mi equipo como a todos los demás; veo su historia y veo su gente. No los jugadores, sino –como dijo Bielsa- esa gente que es realmente indispensable en el espectáculo: el hincha.

Para hablar de la tragedia del Chapecoense creo que hay que viajar primero a Chapecó. Chapecó es una ciudad pequeña del interior del estado de Santa Catarina. Quizás a algunos les suene ese estado porque alberga a Florianópolis, clásico destino de las giras de estudios de colegios privados. Como podrán imaginar, Chapecó no es la ciudad más interesante de Santa Catarina, no atrae a los turistas, no tiene playa y conserva una tradición agrícola. Es decir, no tiene ninguno de los atractivos que todos conocemos de Brasil. A eso sumémosle un equipo de fútbol de bajo rendimiento, poco vistoso, sin mucha tradición y del que nadie nunca había escuchado hablar hasta hace unos meses. Fluminense, Flamengo, Vasco da Gama, Sao Paolo, Inter, Palmeiras, Santos, ¿dónde entra el Chapecoense ahí? No se puede pelear contra gigantes. Imagínense un equipo del estado de Santa Catarina peleando el Brasileirao.

David contra Goliat. Ni en sueños.

Pero Chapecoense tenía su fiel hinchada, y como toda hinchada tenía fe en su equipo. Quienes alentamos a un club sabemos que hay días en que nos dan gadescarga-2nas de entrar al camarín y decirle a cada uno de los jugadores que la mojen por favor, que ya estamos aburridos de perder, que por último le pongan sangre a esto. Todos hemos sentido esas ganas, pero todos después estamos ahí, el siguiente fin de semana, como siempre, porque finalmente todos tenemos esa fe que quizás ahora sí que lo damos vuelta. Y por qué no, si el fútbol se trata precisamente de eso: amor incondicional.

Sin desmerecer a los “clubes grandes”, creo que ese amor incondicional es más fuerte cuando es el club de tu ciudad, especialmente si es una ciudad como Chapecó: medio dejada de la mano de dios. Una ciudad donde no hay mucho que hacer, que siempre está a la sombra de otra más grande o más bonita, y una ciudad donde la gente se conoce. De esta forma, ir al estadio no es solamente ver la pelotita rodando por dos tiempos, sino que es también encontrarse con todo lo que lo hace a uno parte de su tierra. Camino al estadio ves a todos tus coterráneos con sus camisetas, familias enteras, y te encuentras con tus colores pintados en cada poste, en cada mural, en cada pared, y ves siempre a las mismas personas vendiendo maní, a los mismos guardias de seguridad que ya te revisan como diciendo “usted ya ha pasado por aquí antes”, y te ubicas más o menos donde siempre, y ahí ves de nuevo más o menos a la misma gente. Termina el partido y cualquiera sea el resultado, ya sabes nuevamente lo que te vas a encontrar: las mismas familias volviendo a casa, los mismos murales, postes y calles pintadas, los mismos hombres rematando el maní confitado y bueno, en la salida también está el sánguche de potito, eso no estaba cuando entramos.

La identidad de una ciudad está permeada por el club de fútbol que la representa, y cuando ese club no es tan vistoso, tan exitoso, tan lleno de glorias, te enamoras de la gente, te enamoras de esa fidelidad casi estúpida hacia los colores y de otros tarados como tú que están en las mismas cada fin de semana. El club pasa a ser más que el club, y ya es parte de tu vida, de quien tú eres.

Poco se sabe de la historia de todos los futbolistas caídos en Antioquia, Colombia. Por supuesto no todos son de Chapecó, pero sí parece evidente una identificación con los colores de la ciudad, y por cierto, con la gente misma. El proceso que vivió el equipo desde el año 2007 en adelante es hermoso y con tintes heroicos. Lograron campeonar cuatro veces en el Catarinense, que no es el Paulista pero que son estrellas más que celebradas en la localidad. Se vino el ascenso a la C, luego a la B y luego a la mítica A. Cuando Chapecoense llegó a la B nadie lo ponía entre los candidatos para el ascenso, pero los jugadores venían trabajando juntos hace años y no querían flaquear, confiaban en sus capacidades, en el trabajo colectivo, y tenían el respaldo de una ciudad entera. No tenían miedo de caer, porque venían levantándose del suelo. Y así, sin miedo y todos juntos, jugadores e hinchas, fueron enfrentando todos sus temores y lograron el año 2013 ascender a primera. Los Flamengo y los Fluminense ya no se veían por la televisión, ahora los enfrentaban de local con todo Chapecó detrás.

El 2014 terminaron en la posición 15 de 20, así que se salvaron del descenso. Mantenerse en la A parecía el objetivo que la prensa le pedía al modesto club, pero ellos querían más. En el 2015 la posición final fue 14 de 20. La ciudad ya estaba feliz. Pero para el 2016 había un cálculo que la ciudad no había hecho, o quizás no quería hacer para no ilusionarse: de los 6 cupos que tiene Brasil para la Copa Sudachapecoensemericana, el modesto Chapecoense podía  adueñarse de una. ¿Se imaginan lo que tiene que haber sido ese camarín, esa ciudad entera al saber que peleaban la Sudamericana? Estar ahí entre los grandes era suficiente premio, pero no podían quedarse así sólo con la satisfacción del cupo. Ahora además contaban con la mano de Caio Júnior que había entrenado al Palmeiras, al Gremio, al Flamengo. No se podía desperdiciar la oportunidad. Y no la desperdiciaron: cayó Cuiabá, Independiente, Junior y el poderoso San Lorenzo que hasta cuenta con ayuda divina. Las cosas se estaban dando, como se dice en jerga futbolística, y todo daba para soñar. Ascendidos el 2014 y ahora peleando una final de la Sudamericana. Era un sueño. Nadie imaginaba un despertar tan brusco.

Soy de Rancagua y soy de O’higgins. El día del accidente de nuestros 16 hinchas yo estaba en Pichilemu con mis amigos de toda la vida (todos rancagüinos). La caña se vio interrumpida rápidamente por llamados y mensajes de nuestras familias preguntándose si teníamos algún conocido entre quienes iban en ese bus. Si bien ninguno de los muertos era amigo nuestro, Rancagua es una ciudad chica y todos conocemos a alguien que perdió un hijo, hermano, primo, amigo; todos conocemos a alguien que casi toma ese bus, que casi pasa por Tomé, que casi viaja a Talcahuano y que vaya a saber uno por qué, decidió ver el partido por CDF.

Cuando uno viene de una ciudad pequeña y poco vistosa, así como Rancagua, así como Chapecó, el fútbol es más que los 90 minutos, trasciende a la cancha. Así, los triunfos y las derrotas se viven de una manera distinta, y para qué decir los dolores. En la VI región llevamos un luto permanente, una pena constante y un recuerdo imborrable de nuestros 16.

No puedo descarga-1dimensionar el dolor que debe estar sintiendo la gente de Chapecó en estos momentos. El mundo del fútbol está con ustedes, el mundo del esfuerzo está con ustedes, el mundo de los pequeños que soñamos con ser grandes está con ustedes.

Victoria León Porath.                                                                                                                       Socióloga, colaboradora Laboratorio Social del Deporte.

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